La piscina de Colacao
Una semana antes de la inauguración, los nuevos socorristas ya estaban contratados y junto con los jardineros de siempre limpiaban y preparaban la piscina. Todo quedaba listo un par de días antes de que comenzase el buen tiempo, acabase el colegio y fuese verano, al menos tal y como yo lo concebía. Llevaba meses almacenando en un saco enorme que había en el trastero montañas de colacao, y según los días eran más largos el nudo en el estómago me ataba y retorcía la imaginación.
Mientras esperaba despierto en la cama a que fuese suficientemente tarde para que todos los vecinos con vacaciones prematuras dejasen sus tertulias para la noche siguiente y no quedase ningún gamberro deambulando por los alrededores repasé todo lo que iba a necesitar. Finalmente y en pijama para aludir sonambulismo dado el caso, como pude llevé el saco sobre una carretilla hasta el borde de la piscina. Una vez vertido todo el polvo marrón, removí durante horas con una pala hasta que la piscina redonda, pequeña, marrón y dulce fue exactamente como yo había soñado. Me subí al árbol, lancé la manguera al centro y chupé fuerte hasta que por fin comenzó a subir todo el colacao.
Sopa de letras
Haciendo aspavientos con la mano, me dijo: "Mirá, me voy a callar" y entonces me abalancé hacia él para cazar el aliento de su última palabra y fundirlo con mi beso, y tragármela toda, letra por letra. Giré ciento ochenta grados y cuando abrí los ojos apenas escuchaba ya sus pasos que parecían dar la vuelta a la esquina hacia la calle principal.
Ciudades
La bañera estaba a rebosar de espaguetis cocidos, humeantes. Metía la mano sintiendo el calor mientras movía los dedos y se imaginaba uno de ellos. Un espagueti largo, viscoso y escurridizo como un gusano, deslizándose entre el resto hasta llegar al desaguadero que lo chupaba y llevaba por la tubería atravesando todo el edificio planta por planta hasta llegar a la gran tubería que a su vez lo hizo desembocar en el gran puerto maloliente flotando bajo las alcantarillas hasta que eligió otro conducto que resultó ser una gran chimenea y trepó hasta la cubierta asomándose para ver esa otra cara que había soñado de su ciudad y entonces divisó saliendo de otras chimeneas decenas de espaguetis. Los veía moverse ondulantes a través de las paredes, fachadas y tejados sintiendo bajo el ruido mecánico de la urbe el espagueti gigante que la entrelazaba. El fideo que se convertía en canal, tubo dentro de la tubería que camina sobre pisado. Se imaginó en lo alto de un tobogán gelatinoso y se lanzó a recorrerlo, pasando de edificios de ricos a casitas de pobres, de oficinas enormes a locales de comercio. De vez en cuando, clavaba las uñas en las paredes del espagueti mágico para frenar y asomarse entre por las rendijas de ventilación curioseando los entresijos que se tramaban en tan variopintos habitáculos y pensó que miraba desde donde nadie quiere hacerlo porque era incómodo pero tan maravilloso comenzar a comprender las relaciones que no se ven.
Benidorm
Dieron un paseo por el murete estilo romano con piedras dibujadas sobre cartón-piedra en todas las gamas de grises que uno pueda imaginar, mirando embobados los enormes carteles de colores chillones que numeraban los edificios. Pasaron por el Atrivm I, el Atrivm II, el Atrivm III, hasta el VI que atravesaron flanqueados por dos columnas pequeñas que imitaban perfectamente las volutas y estaban iluminadas como si fueran de las Vegas de plástico enorme y reluciente, para buscar el escondite de El Chispas.
Una escalinata de mármol mate ensuciado por vándalos insensibles a la imitación de la imitación, que no tiene por qué representar lo copiado, los llevó al segundo piso donde tomaron la derecha como dirección correcta y buscaron la puerta cuatro. Todas eran iguales con pilastras pintadas de rosa como el techo de la galería pero la del Chispas tenía una nota que nos emplazaba a esperarle diez minutos.
Rosita se encendió un cigarrillo y se sentó mirando al patio dejando colgar sus piernas mientras canturreaba una canción cualquiera que habría aprendido en sus tiempos de escuela.
Tablero de dirección
Por mucho empeño que ponga en hacer lo previsto y aunque esa previsión tenga segundos de edad, las circunstancias me dirigen hacia otro lugar.
Bienvenidos
Eran las cinco de la tarde y aún tenía que terminar revisar los dos últimos piso del número setenta y uno. Me senté unos minutos en el descansillo del segundo intentando adivinar cualquier ruido. En la puerta al final del pasillo había algo, la mitad de un post-it amarillo cortado y pegada en el lado izquierdo encima de la mirilla. La nota escrita con bolígrafo verde decía:
Mi llave definitivamente no funciona.
Volveré esta noche.
La memoria del abanico
Han pasado dos años y apenas recordaba esta casa, sus muebles, la luz que la contiene, el ruido que la habita. Ni a tí, con tus palabras acompañadas de comidas, canciones, tardes y noches enteras haciendo todo lo que me gusta. Recuerdo que no querías en ella ni un solo reloj, excepto el baúl en la entrada bajo candado donde se dejaban los móviles apagados al llegar. Asi fue como me despidieron del trabajo después del primer verano contigo, olvidé el resto como hoy me doy cuenta que he olvidado esta casa, que me has regalado y no sé por qué, si te has muerto y sólo tuvo sentido entonces.
Me quedaré unos días y apagaré el teléfono, soy incapaz de hacer nada que tú no hubieras hecho, al menos durante algún tiempo. Cuando quiera recordar los veranos aquí, me quitaré el calor con tu abanico, que está en la mesita derecha de mimbre en la terraza y respiraré profundo todos los ácaros y aromas y me quedaré un rato dormida oyendo como suena tu casa.
Fiction, Non Fiction
A estas alturas, he dejado de cuestionarme cómo escribo. Se ha convertido en una cuestión vital.
Agosto infernal
O el apasionante día a día del responsable de establecer las rutas alternativas a seguir debido a la inmensa cantidad de obras civiles en la capital española. Expediciones nocturnas, innovadoras, casi turísticas. Alguien debería dar vacaciones a este tipo o tirar al retrete el diagrama de Gantt, en caso de que existiese. Demencial.
El ascensor
Cuando su amiga tocaba al telefonillo para que bajase al patio a jugar, solía decir que sí, pero después de ir a la habitación y coger la muñeca se sentaba en la silla fría de la cocina mientras los demás hacían cosas y se imaginaba el trayecto. Salir de la casa, encender la luz del pasillo y cerrar la puerta mientras se despedía. Caminar hacia el ascensor y una vez la puerta abierta sin mirar al suelo, adelantar un pie dentro hacia el vacío y caer. Así repetía la escena en su cabeza una y otra vez hasta que conseguía visionarla entrando en el ascensor y reunirse con su amiga, para luego levantarse, despedirse, cerrar la puerta y bajar por las escaleras.
Volpina
La muy zorra pataleaba y arañaba las paredes del asqueroso zulo y dejaba en las rejas toda la energía que una fiera loca como ella podía acumular, o se revolcaba en su cama haciendo jirones en las sábanas desgastadas desesperada por el recuerdo. Otros días que estaba mejor, se sentaba y cruzaba las piernas igual que cuando iba cerca del muelle y cerraba los ojos y casi veía el mar, pero le faltaba el viento agitando su vestido asi que agarraba las puntas de la bata y las mecía.